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Beauvoir, más vigente que nunca con El SEGUNDO SEXO (I)

Lo escribió hace 68 años, pero es tan vigente que en el mundo aun se polemiza sobre la igualdad de género, la discriminación hacia la mujer y hasta las percepciones salariales desiguales a favor de los hombres. El caso es que EL SEGUNDO SEXO (Editorial DEBOLSILLO, 727 páginas, edición en castellano 2016), es el ensayo de la inteligencia femenina el cual señala la importancia del papel de la mujer en la sociedad cuya autora, SIMONE DE BEAUVOIR (1908-1986), dio vida a su obra el 24 de mayo de 1949 y lo título de tal manera que no limitase a la mujer, concepto concebido desde la visión del hombre.

¿QUÉ HALLAR EN EL SEGUNDO SEXO?:

La propuesta de la escritora francesa fue mostrar al verdadero ser humano que ha sido concebido por la naturaleza misma y no aquella matrona moldeada por el patriarcado histórico. A lo largo de la existencia de la humanidad la esencia de la mujer se ha quedado frustrada sin poder desarrollarse: el mundo ha estado dominado por el hombre.

Este libro no se forjó para reprochar lo ya instituido socialmente, viene a aportar para mejorar lo ya establecido tomando en cuenta a la persona femenina, el segundo sexo, como constructora de una sociedad más fraternal.

Es importante destacar que el trabajo de Simone es muy extenso, en esta reseña sólo se comprenderán algunos puntos para su reflexión y con ello fomentar la curiosidad del lector sobre el contenido del estudio. Si bien los discursos plasmados en el texto fueron concebidos entre 1948 y 1949, no dejan de ser temas actuales y de polémica por su vigencia. En nuestros tiempos, el progreso o avance para colocar a la mujer como un igual al hombre es lento y pausado pero firme y necesario.

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DE LA PLUMA DE BEAUVOIR:

“No se nace mujer: se llega a serlo. Ningún destino biológico, psíquico o económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana. El simbolismo con el cual se ha conferido a la parte contraria del varón yace determinado desde el inicio del pensamiento rudimentario humano, y no sólo con ellas sino con todo aquello que es ajeno al arquetipo masculino, lo Otro”.

Para la autora francesa, la desigualdad entre hombres y mujeres tuvo su origen en la historia, un primer momento especulativo, dado a que no se puede verificar a ciencia cierta tal hecho, un conflicto originario marcó tal acontecimiento y nada tuvo que ver la biología para ello.

La dependencia para con el varón no es normal, no es innata, es una condición forzada y sustentada por la tradición humana; las mujeres están despojadas de toda identidad e incluso en la mayoría de las palabras que hacen referencia a ellas, en cualquier vocabulario humano, son masculinas y algunas escasamente son femeninas.

Todo cuanto sobre las mujeres han escrito los hombres debe tomarse por sospechoso, puesto que son juez y parte a la vez. Poulain de la Barre (De Beauvoir, 1949, p. 24).

Históricamente se ha encontrado, desde la época de la prehistoria, que el macho primitivo realizaba sus ceremonias en el menhir (megalíticos o monolitos de piedra rudimentaria que representaban un miembro viril erguido) para atraer a los buenos espíritus; el falo es sinónimo de infinito. La mayoría de los símbolos tienen un carácter masculino sin importar que sean elementales y/o absurdos; estos representan la plenitud, placer, fuerza, verdad, entre otros de carácter positivo; para lo femenino se le otorga la carga simbólica de la enfermedad, muerte, maldad, misterio, hechizos y demás términos negativos.

“El falo puede ser elevado a la dignidad de un dios: en el culto que se le rinde no entra ningún elemento de terror y, en el curso de la vida cotidiana, la mujer no tiene que ser místicamente defendida contra él, que solamente le es propicio” (De Beauvoir, 1949, p. 162-163).

La carga mística estaba concebida a las jóvenes como creadoras de vida, una mujer virgen y sin capacidad de reproducir no valían para nada, “virgen y mártir es un pleonasmo” (De Beauvoir, 1949, p. 306), sin ningún valor sólo podían servir para el sacrificio. Las fértiles eran valoradas por las tribus rivales, por tal motivo las secuestraban para que pudieran engendrar a sus nuevas descendencias. La maternidad era sagrada.

Pero con el paso del tiempo la matrona comienza a perder poco a poco lo sacro: “Las épocas que consideran a la mujer como lo Otro son las que más agriamente se niegan a integrarla en la sociedad a título de ser humano. Hoy en día, sólo perdiendo su aura mística se convierte en otra semejante” (De Beauvoir, 1949, p. 71). A la fémina se le ha posicionado como una figura diferente a todo lo existente, es una amalgama entre el patriarca, las cosas y los animales; no tiene derechos sobre su persona y ostenta la etiqueta de mercancía o intercambio para conseguir otros bienes entre los varones; es una paria.

La joven, frente al patriarcado totalitario, no tiene poder de palabra ni recursos materiales reales, son abstractos sus derechos, todo aquello que tiene en sociedad es administrado por una figura masculina, llámese padre, hermano, marido o hijo; la tutorada es puesta a disposición a lo largo de toda su vida. En todas las culturas del mundo se pueden observar las diferentes participaciones que ha tenido la hembra en la colectividad, en unas es más libre y en otras funge como prisionera.

 Continuará…

CON LETRA GRANDE

Por Saelim Fernando / TV&SHOW

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