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EL AMANTE JAPONÉS

La veintena de libros escritos por la peruana-chilena Isabel Allende, de 71 años, no dejan duda de su quehacer literario, traducida a 35 idiomas, llevada al cine en varias ocasiones y que en “El amante japonés” (Editorial Plaza Janés, 346 páginas) plasma una historia con su sello: pasional –hasta el incendio- y atragantada de amor –para consumirlo entero-.

En “El amante japonés” cuya protagonista es Alma Velasco, la historia traslada al lector desde su niñez, cuando sus padres que viven en Varsovia quieren alejar a su hija de la Segunda Guerra Mundial y deciden que ella se vaya a vivir a San Francisco con sus tíos, los Velasco.

Alma se encontrará en una maravillosa mansión , rodeada de cuidados, de amor y de la complicidad de su tío Isaac y de su primo Nathaniel. Todo cambia con la presencia del hijo de la familia Fukuda, quienes cuidan del jardín y con quien comparte sus momentos de ocio y meditación.

              ALMA E ICHIMEI

Ichimei vivirá una intensa historia de amor con Alma y la fuerte conexión con su familia, sufrirá cuando estalle el conflicto bélico entre Japón y Estados Unidos. La familia japonesa es reclutada durante tres años en un campo de concentración en Utah.

Alma se convierte en una chica rebelde y es enviada a estudiar a Boston. Pasado el tiempo, Alma estudia pintura hasta que se reencuentra con Ichimei retomando su relación, tan intensa ahora que sobrepasa los límites del amor y se arrojen en la clandestinidad.

…”Durante el resto de aquella mañana Alma siguió a Ichimei, mientras él colocaba las plantas en los huecos cavados por su padre y le revelaba la vida secreta del jardín, los filamentos entrelazados en el subsuelo, los insectos casi invisibles los brotes minúsculos en la tierra, en una semana alcanzarían un palmo de altura…

3 de diciembre de 1986

…”Ayer hablamos de Topaz y no te mencioné lo más importante, Alma: no todo fue negativo. Teníamos fiestas, deporte, arte. Comíamos pavo el Día de Acción de Gracias, decorábamos las barracas por Navidad. De afuera nos mandaban paquetes con golosinas, juguetes y libros. Mi madre andaba siempre ocupada con nuevos planes, era respetada por todos, también por los blancos. Megumi estaba enamorada y eufórica con su trabajo en el hospital. Yo pintaba, plantaba en el huerto, arreglaba cosas descompuestas. Las clases eran tan cortas y fáciles, que hasta yo sacaba buenas notas.

“Después de la guerra, la gente de los campos se distribuyó por el país. Los jóvenes se independizaron, se acabó eso de vivir aislados en una mala imitación de Japón. Nos incorporamos a América. Estoy pensando en ti. Cuando nos veamos te prepararé té y conversaremos”.

11 de julio 1969

“Nuestro amor es inevitable, Alma. Lo supe siempre, pero durante años me rebelé contra eso y traté de arrancarte de mi pensamiento, ya que nunca podría hacerlo de mi corazón. Cuando me dejaste sin darme razones no lo entendí. Me sentí engañado. Pero en mi primer viaje a Japón tuve tiempo de calmarme y acabé por aceptar que te había perdido en esta vida. Dejé de hacerme inútiles conjeturas sobre lo que había pasado entre nosotros. No esperaba que el destino volviera a juntarnos. Ahora, después de catorce años, comprendo que nunca seremos esposos, pero tampoco podemos renunciar a lo que sentimos tan intensamente. Te invito a vivir lo nuestro en una burbuja, protegido del roce del mundo y preservado intacto, por el resto de nuestras vidas y más allá de la muerte. De nosotros depende que el amor sea eterno”…

Por Roberto Rondero / Rondero’s Medios

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