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La extraña fantasía de Stranger Things 2

Para que una historia como la de STRANGER THINGS funcione como lo hace, tiene que apostar sin tibiezas a construir una fantasía muy bien contada para que convierta lo más inverosímil en verosímil y no pierdan a la audiencia. Un desarrollo como el de los hermanos Duffer siempre corre el riesgo mayor de traspasar esa delicada frontera.

¿De qué trata la serie estrella de Netflix? En la primera lectura, sobre cómo los habitantes de un pequeño poblado estadounidense son acechados por seres extraños y los experimentos de un laboratorio secreto gubernamental que les roba la tranquilidad. En una lectura mayor, esencialmente habla sobre la fraternidad de un grupo de púberes amigos en una época en particular, la década de los ochenta del siglo XX. En éste último detalle descansa la clave de su éxito.

Y es que el universo de Stranger Things no sólo está empapado de éxitos taquilleros del cine de ese momento como E. T. (1982), Poltergeist (1982), Los Cazafantasmas (1984) o Encuentros Cercanos del Tercer Tipo (1977), sino en lo que hoy son referentes ineludibles de la cultura pop occidental.

Nostalgia sin trampas

En contraposición con la ficción azteca, la nostalgia por el pasado es empleada como vínculo emocional para conectar con el televidente, no como una trampa para aferrarse a un lenguaje y un estilo narrativo como le ocurre tristemente a la telenovela mexicana.

La serie, aunque sin duda las tiene como referentes, no es Los años maravillosos, no es Alf; ni las películas a las que homenajea, es una ficción dramática de su tiempo: pondera las actuaciones, respeta la inteligencia de la audiencia, adopta estándares de producción de la más alta calidad cinematográfica y desarrolla un tempo narrativo y estructural de acuerdo con su plataforma base, una Over The Top (OTT), en este caso Netflix.

La historia es la estrella

Que alguien explique a los productores mexicanos cómo la estrella es la dramaturgia (la historia), porque debo recordar que aquí la única luminaria antes del estreno de la primera temporada (el año pasado) era Winona Ryder, a quien sirvió para refrescar su carrera. La serie tuvo un gran éxito internacional y sus actores centrales se han convertido en celebridades.

El reparto de Carmen Cuba resulta estupendo de cabo a rabo, a nadie se le puede escatimar talento escénico. Hay actuaciones de antología en su reparto infantil que ya quisiéramos ver en protagónicos adultos en México con varias producciones en su haber. Todos están en personaje, conmueven y resultan entrañables.

“El diablo está en los detalles”

Un logro extraordinario de esta producción que no debemos dejar pasar, es su trabajo de ambientación y recreación de época. Y, atención a este detalle, no se trata solo de un asunto de presupuesto (que lo es), también es de rigor profesional. Aquí hay investigación y una plena conciencia de que todo lo que aparece en pantalla cuenta, genera una atmósfera y es reconocido por la audiencia como en la música, el Every breath you take de The Police del final de la segunda temporada.

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Una envoltura de Nuggets, un televisor Zenith, la nave de juguete de Star Wars del momento, un peinado de moda o un disfraz de Cazafantasmas cuyos aditamentos juegan con la historia del capítulo no sólo contribuyen al poder narrativo, identifican y hacen único al serial. Frente a una bio-serie nacional de emisión reciente, tenemos que cerrar los ojos de la pena ajena ante el cúmulo de sus errores básicos en este sentido.

El cambio generacional

El laboratorio está ahí para justificar las extrañas cosas y sucesos que van ocurriendo en Hawkins pero también para poner en época el discurso: Estados Unidos produce estos experimentos para generar armas frente al peligro de su todavía potencia opositora, la Unión Soviética, en plena Guerra Fría. Eso lo sabemos por el diálogo que coincide con el punto de vista predominante de la ficción dramática de aquella época.

Sin embargo, en Stranger Things esos “enemigos” nunca aparecen personalizados porque lo que le ocurre a Hawkins (como aldea microcósmica narrativa) es propiciado por esas oscuras actividades, supuestamente buscando un bien mayor. Lo advertimos, por ejemplo, en los motivos del “padre” de Eleven. El enemigo no es aquél que se dice sino el que nosotros vemos en acción: Los experimentos se hacen a espaldas de los pobladores pero son ellos, la gente común, quienes terminan pagando las consecuencias. O sea, la historia política de cualquier nación moderna como Estados Unidos.

El discurso central que ha predominado posterior al 11 de septiembre de 2001: “el enemigo está en casa”, lo que vemos en el tratamiento de series como The Americans, Homeland, 24, Designated Survivol e incluso en House of Cards. La televisión en épocas de Trump le habla a la audiencia de su tiempo, y lo sabe porque está obligada a ello.

No es casual que sus creadores sean los hermanos Matt y Ross Duffer (1983), que pertenecen a lo que se considera la generación millenial. Curioso es, por cierto, que el primer nombre de esta serie de grandes ligas lo lleven ellos, unos jóvenes que inician sus treintas, en el marco de la industria del entretenimiento más competida del mundo, y en contraposición (lo siento por la insistencia) de lo que ocurre en nuestro país.

Por lo pronto los creadores han anunciado que siguen con dos siguientes temporadas. Claro, hasta el momento, en medio de un mundo en que un otrora todo-poderoso puede caer en desgracia con un chasquido. Esas son las stranger things de nuestra época.

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POR DANIEL LARES MUÑOZ (@dan_lares)

TV&SHOW / Rondero’s Medios

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