Cine

Luto en el cine griego y europeo por el deceso de la actriz Irene Papas

ATENAS.- IRENE PAPAS (1929-2022) es de esas actrices que marcan sus carreras más allá del estrellato y se convierten en mitos por ese carisma indefinible que las sitúa en el centro de la escena cada vez que aparecen en la pantalla (o en el escenario).

Cuenta la leyenda que Irene Lelekou, conocida por todos como Irene Papas -por el apellido de su primer (y único) esposo, con el que en realidad sólo vivió cinco años, desde 1947 hasta 1951-, en pocos días, de crisálida, se convirtió en mariposa gracias al éxito de su primera película, La ciudad muerta de Frixos Iliadis.

Hija de un profesor de teatro y de una maestra, quizás de origen albanés, nacida en Chiliomodi el 3 de septiembre de 1926 (aunque la fecha es incierta asegurándose vio la luz en 1929), Irene creció en un pequeño pueblo cerca de Corinto, en el Peloponeso y luego se mudó a Atenas con la familia.

Inscrita en la Academia de Arte Dramático, siguió las indicaciones de su padre y se enamoró de los grandes clásicos, pero también se lució como modelo para una casa de moda italiana.

Era prácticamente una debutante en el cine cuando fue al Festival de cine de Cannes en 1952 con La ciudad muerta y todos se fijaron en ella, no solo por el carisma en pantalla sino por las frecuentes cenas a bordo del yate de Aga Khan. Abandonó la Croisette como una diva y aceptó la propuesta de la italiana Lux Film que le ofreció un contrato. Actuó para Raffaello Matarazzo, Steno, Riccardo Freda y Pietro Francisci sobre la ola de la moda desenfrenada de Peplum: cabello azabache, mirada intensa y encantadora y excelente técnica.

Era el icono ideal del cine de época que hacía un guiño a la antigua Grecia y Oriente. Papas fue Faidia junto a Gianna Maria Canale en Teodora y Grune junto a Sophia Loren y Anthony Quinn en Attila (1954). El encuentro con el gran actor estadounidense le abrió sorprendentemente las puertas de Hollywood, donde directores de éxito como Robert Wise (La ley del cabestro) y Joseph Lerner (Las aventuras de los tres mosqueteros) se enamoran de su físico mediterráneo. Sin embargo, regresó su tierra natal donde ya era muy solicitada, pero Hollywood iguió convocándola.

En 1961, Fox la llamó para un papel en The Guns of Navarone de Jack Lee Thompson, con Gregory Peck y Anthony Quinn. Era una película bélica ambientada en Grecia y tuvo un éxito mundial, seguida, tres años después, por la aún más sensacional Zorba el griego, de nuevo con Anthony Quinn y dirigida por Michael Cacoyannis.

Sin embargo, fue la Electra de Cacoyannis, una coproducción greco-estadounidense basada en la tragedia de Sófocles, la que la graduó como protagonista absoluta. Rodada en 1962 tras una contundente Antígona, la película fue nominada al Oscar y confirmó todo el talento de su intérprete.

A partir de este momento, comenzó una segunda carrera para Irene Papas, a menudo entrelazada con el cine de autor italiano y que la llevó a elegir Italia como su patria adoptiva. Rodó A cada uno lo suyo, con Elio Petri, N.P. con Silvano Agosti, Roma bene, con Carlo Lizzani, Haré de padre, con Alberto Lattuada, en una década iluminada sobre todo por el extraordinario éxito televisivo de La Odisea, de Sandro Bolchi, en la que interprtó a Penélope junto a Bekim Femyu, en 1968.

Alma inquieta, estrella internacional, activista política exiliada por los coroneles griegos, estuvo en Z la orgía del poder, de Costa Gavras (1969), nuevamente con Cacoyannis en Las troyanas (la dirigió seis veces), con Francesco Rosi (Cristo se detuvo en Eboli), Terence Young (Bloodline), hasta el espectacular cameo de All in one night (John Landis, 1985) en el que interpretaba a la despiadada líder de una banda iraní.

Muy solicitada en el teatro, apasionada de la música (tres discos con Vangelis y Los niños de Afrodita), embajadora de la cultura griega en el mundo, Papas vio decaer su estrella desde los años 80.

Eligió con más frecuencia el teatro (también en Italia con Mauro Bolognini), presidió el jurado del Festial de Venecia en 1987, regresó fugazmente con una producción estadounidense (La mandolina del capitán Corelli, de John Madden, en 2001), eligió a Manoel de Oliveira como poeta de su madurez, por lo que actuó en Fiesta, Inquietud y Una película hablada, que fue, de hecho, su despedida en 2003. Al año siguiente, tras haber filmado Ecuba con Giuliana Berlinguer, anunció su retiro y se refugió en su tierra natal, donde desde 2013 comenzó a verse amenazada por el alzhéimer, que a los 96 años la apaga definitivamente. Cincuenta años de carrera no alcanzan para describir su leyenda porque cada vez que subía al escenario llevaba un carisma inconfundible, en el que el espíritu mediterráneo de la Madre Tierra brilló en su encanto milenario.

Era una persona solitaria (siempre afirmó que su único amor verdadero había sido Marlon Brando, con quien tuvo un breve flirteo en los años 60). Fue una gran mujer, independiente y de voluntad fuerte; fue una leyenda y el verdadero rostro de la Grecia de ayer y hoy.

CON INFORMACIÓN DE ANSA

TV&SHOW/ Rondero’s Medios

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