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“Mindhunter” y los hijos de la sociedad actual, serie de estreno por Netflix

La plataforma Netflix estrenó recientemente una estupenda serie basada en el libro MIND HUNTER: INSIDE FBI’s ELITE SERIAL CRIME UNIT, de Mark Olshaker y John E. Douglas. Muchas son las líneas interesantes que se desprenden del discurso principal: la conducta de esos criminales no es producto de hechos aislados sino resultado de un contexto social.

Holden Ford es un joven y talentoso agente del FBI que tiene que hacer mancuerna con el pragmático agente Tech y la académica doctora Carr para fundar la Unidad de Análisis de Conducta e iniciar un estudio criminológico sin precedentes que les lleva a entrevistarse cara a cara con los peores criminales de la historia.

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     Los criminales, ¿también víctimas?

El argumento dispara cuestionamientos hurgando llagas sociales. Estos monstruos con un récord de hechos abominables en su andar, resultan no ser malformaciones aisladas ni el origen su conducta se puede entender a través de explicaciones reduccionistas de “inclinaciones innatas” o por pertenecer a sectores marginales de la población.

La serie acierta con sus dardos: los “asesinos seriales” (término acuñado a partir de esta investigación) son producto de un núcleo familiar, de un universo inmediato y de un contexto social determinado que incide en la formación del carácter, del pensamiento y de la conducta de un ser humano. O sea, sin eximir al individuo de su responsabilidad y su capacidad de “elección”, la sociedad es también responsable de ellos.

Lo criminal… con libertad (y responsabilidad) creativa

A diferencia de la ponderación predominante y absurda de criminales célebres en la narco-novela de nuestra región, Mindhunter expone la humanización de estos parias sociales no a partir de regodearse en sus actos extraordinarios proclives a la frivolización mediática, sino a entender qué los llevó a cometerlos, desde el punto de vista de unos agentes del FBI cuyos personajes se dejan afectar por esta estrujante confrontación.

La serie dirigida por el experimentado David Fincher es una muestra de que es posible abordar con libertad creativa estos temas sin pasar por alto el impacto que tiene la ficción dramática audiovisual en la audiencia y la responsabilidad de su narrativa. En México ciertos productores se enojan cuando se les cuestiona respecto a cómo lo que producen para la pantalla contribuye a avivar el incendio de la violencia social de nuestros días.

Un río con deferentes cauces

El desarrollo de sus diez (esperemos) primeros episodios ofrece otros temas que agudizan el conflicto central, desde cómo el sistema establecido tiende a ser reacio con la innovación (académica, tecnológica o de otra índole) hasta el choque de visiones generacionales, juventud versus experiencia encarnados atinadamente en Holden Ford y Bill Tench; de un feminismo que empezaba a tomar fuerza a través de la doctora Wendy Carr frente a los prejuicios machistas, así como la responsabilidad del poder y, particularmente, de ese oscuro enemigo interno de mil caras llamado ego.

Lo anterior no sólo nutre al guión cuyo crédito lo encabeza Joe Penhall, somete a los personajes a un viaje tan incesante como fascinante que va proponiendo a la audiencia diferentes maneras de ver el conflicto y lo que se plantea, lo que hace más rico el tratamiento de estos “cazadores de mentes”.

Grandes firmas para un gran proyecto

En el ritmo y la sordidez de la biografía de personajes se halla sin duda la mano estilística del cineasta David Fincher, de cuya filmografía podemos referir desde Seven (1995), Zodiac (2007), el remake de La Chica del Dragón Tatuado (2011), hasta llegar a la serie parteaguas de Netflix, House of Cards (2014- ).

Fincher no sólo es conocedor de estos temas, sobradamente ha demostrado ser un maestro del Thriller. Aunque ha patinado en títulos como Perdida (2014), domina como pocos el suspenso y el asunto de las mentes retorcidas. Llama la atención el crédito que comparte en la producción con la actriz Charlize Theron.

Catálogo de actuaciones

En lo que respecta a las actuaciones, qué actor se podría resistir a entregarse a una historia y a una dirección que ha encumbrado a otros al estrellato escénico, como el ahora infortunado Kevin Spacey. Jonathan Groff y Holt McCallany se disponen admirablemente al servicio de sus personajes y se les goza. Ni que decir del huracán contenido de Anna Torv como la prestigiosa doctora Carr.

Después del musical juvenil Glee y su notable historial en Broadway, Groff da el salto cuántico a un drama adulto con una actuación que le valdrá alguna nominación en la próxima edición del Emmy, por lo menos. No desmerece McCanally, cuya veteranía escénica resulta un agasajo.

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Paralelamente, el viaje a la confrontación de la psique de los asesinos seriales nos sirve la mesa para disfrutar de intérpretes aún sin cartel como Cameron Britton, Sam Strike, Jack Erdie o Happy Anderson que brindan actuaciones verdaderamente poderosas.

No dejemos pasar por alto, la estupenda recreación de época (1977), que parece ser un sello de la casa de las producciones prime de Netflix. Ojalá y ello no se pierda en la soberbia del liderato del mercado, que ya les ha llevado a subir sus tarifas recientemente, y que ha añadido a su catálogo títulos francamente reprochables como Ingobernable.

De cualquier manera, Mindhunter debe verse, más allá de su logrado espectáculo, para confrontarnos como sociedad con un espejo donde se refleja la convulsión de nuestro tiempo y a esos hijos de la “normalidad” demente de la (in)conciencia colectiva.

Por Daniel Lares Muñoz (TW: @dan_lares)

TV&SHOW / Rondero’s Medios

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