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EL GRAN REFORMADOR

Basándose en extensas entrevistas realizadas en Argentina, Roma y otros escenarios, así como en años de estudio sobre la Iglesia católica contemporánea, El Gran Reformador (Ediciones B, 567 páginas), libro escrito por el también periodista y comentarista de asuntos religiosos y políticos Austen Ivereigh, cuenta la historia de Jorge Mario Bergoglio, el hombre que pasó de hijo de inmigrantes italianos de clase media-baja nacido en Buenos Aires a líder espiritual de más de mil millones de católicos en todo el mundo.

Esta biografía es íntima y ambiciosa, y arroja luz sobre una historia muy poco explicada: la influencia que sobre el papa Francisco tuvo el movimiento nacionalista en Argentina y la inspiración que recibió de los primeros misioneros jesuitas; su compromiso radical con una Iglesia para los pobres; su liderazgo visionario pero controvertido de los jesuitas argentinos, así como la espeluznante cuerda floja por la que transitó durante la dictadura militar de la década de 1970.

Relata la historia, hasta hoy inédita, de cómo y por qué fue elegido Papa.

“…Bergoglio decía a los alumnos que, al satisfacer las necesidades concretas de la gente, Cristo les enseñaba algo importante. Eso, les decía, él lo había aprendido de una mujer llamada Marta, que tenía una familia numerosa, no tenía un centavo y sobrevivía pidiendo cosas; era fácil cansarse de sus peticiones.

“Un domingo por la tarde, cuando se acercó a Bergoglio para decirle que su familia tenía hambre y frío, él le pidió que regresara al día siguiente para ver qué podía hacer. “Pero, padre –le dijo Marta- tenemos hambre ahora, tenemos frío ahora”. Entró en su habitación, sacó una manta de su cama y fue a buscarle comida. Lo que Bergoglio había aprendido era que Cristo hablaba a través de los pobres, y que satisfacer sus necesidades no era algo que pudiera posponerse a conveniencia.

Durante la semana, en las clases de teología pastoral y las meditaciones, Bergoglio pedía  a los alumnos que reflexionaran sobre sus experiencias. Insistía en que no eran ellos los que enseñaban, sino que aprendían del pueblo fiel; la capacidad de los jesuitas de insertarse en la cultura a la que eran enviados a evangelizar era “la prueba definitiva” de su fe: “Qué difícil, y qué soledad se siente en el corazón, cuando percibo que debo aprender de ellos el lenguaje, las pautas de referencia, las valoraciones…Y eso no como barniza de mi teología, sino como forma nueva que reordena de nuevo”, les decía.

Por Roberto Rondero/ Rondero’s Medios

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