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EL JEFE MÁXIMO

Para quienes deseen deleitarse estos días con la lectura de una sorpresiva novela-reportaje no perderse El jefe máximo (Editorial DeBolsillo, 226 páginas), escrita por Ignacio Solares (Ciudad Juárez, 1945, novelista y periodista ganador de los premios Xavier Villaurrutia en 1999, Mazatlán de Literatura 2004 y Nacional de las Artes en 2010.

En El jefe máximo, Plutarco Elías Calles, fundador del PNR, a la postre el PRI, busca un trozo de la Verdad que le permita morir en paz, aunque lo espera un espantoso purgatorio donde tendrá que enfrentar a las personas que mandó matar: Francisco Serrano, el padre Agustín, Álvaro Obregón, entre muchos más.

El mismo Solares explica sus fundamentos: “La historia está inspirada en mi obra de teatro del mismo nombre en 1991, que alcanzó 250 representaciones y, además, surgió para el inicio como actor de Jesús Ochoa. La obra surgió como posibilidad cuando encontré la carta en la que Calles le confiesa a su amigo José María Tapia que, por las noches, en su estudio, había empezado a ver fantasmas. Me pregunté: ¿qué mejor fantasma se le podría aparecer que el padre Pro, al que mandó fusilar en pleno centro de la ciudad, convocando incluso a la prensa? Pensé que ahí había una obra de teatro, y me puse a escribirla”.

“Pero Calles –agrega el autor- no se salió de mí y seguí interesándome en su compleja personalidad. Leí y marqué –a lo largo de veinte años- libros sobre el maximato. Y en algún momento me pregunté, ¿por qué no con todo este material subrayado hago una especie de novela-reportaje sobre Calles, total, la llamada novela histórica lo acepta y permite (casi) todo?

“El pleno convencimiento llegó cuando una mañana, sin ningún antecedente, me habló mi amigo Pepe Gordon y me dijo:

-Soñé que estabas escribiendo una novela sobre Calles, sus sesiones espiritistas y Gutierre Tibón.

Había que continuar”…

-Siempre dije que la religión católica era cosa de mujeres. Y, claro de curas como usted.

Pro continuó de pie. Se frotaba las manos y se mordía ligeramente el labio inferior mientras hablaba.

-En eso tiene razón, general. La religión católica es cosa de hombres como yo y la política en México es cosa de hombres como usted. Por eso le propongo que no demos más rodeos y entremos en materia, dada nuestra alta representatividad. Le confieso mi temor a desaparecer con uno de esos golpes de duda que ahora padece. ¡Paf!, de repente ya no está ante usted el padre Pro. Y no resisto la curiosidad de hacerle una pregunta que me acicatea desde que llegué. Si regresara el tiempo, general, ¿me volvería a fusilar?

Por Roberto Rondero / Rondero’s Medios

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