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EL CLUB DE LOS PARRICIDAS

Cinco cuentos –Aceite de perro, Un incendio imperfecto, Mi asesinato preferido, Una tumba sin fondo, y El hipnotizador– conforman EL CLUB DE LOS PARRICIDAS (Ediciones Traspiés, 88 páginas, distribuido por Lecturalia), libro escrito por Ambrose Bierce (Ohio, 1942-México, 1913), e ilustrado por el granadino Pablo López Miñarro.

Describir a Amrbrose Bierce, el décimo de trece hermanos y las razones por las que odiaba a sus padres y a todos sus hermanos, menos a uno de ellos, Albert, es materia de psicoanálisis. Lo que sí es un hecho es que el odio hacia sus padres, puritanos calvinistas, quienes bautizaron a su numerosa prole con nombres que empezaban con la A y los educaron en la represión, el temor de Dios y la auto insignificancia, provocó en el escritor una furia interior que, en vez de desatar sus fantasmas en la vida real, los soltó a lo largo de su obra escrita.

NO SER UN AHORCADO ANÓNIMO

Para Pablo López Miñarro, “Bierce se salvó de sus padres gracias a un odio que cultivó con delicadeza: una gigantesca planta carnívora arraiga en lo más hondo de su alma a la que regaba, susurraba y podaba como si fuera lo único que de verdad le importara de la vida. Odiar a sus padres fue, de hecho, una especie de misión que, en cierta manera, se acabó volviendo contra él por el dolor de la pérdida prematura de sus dos hijos, uno como consecuencia de una pelea y otra de la bebida.

“Es posible que de la tierra nutricia de ese odio naciera ese estilo cáustico, corrosivo, agresivo y tan certero que caracteriza todos sus escritos y que le convirtió en uno de los mejores escritores de su época y en el primer columnista de periódico independiente y temido de la historia. El odio a la familia, como han demostrado otros autores antes y después de él, es un buen combustible para la imaginación y las ideas”.

Un dato curioso en la vida de este atormentado escritor, es que al final de su existencia viajó a México, en medio de la decena trágica, en cuyos campos de batalla se internó “a pecho descubierto y donde se perdió su rastro para siempre a pesar de las fantasiosas exhumaciones de esos forenses de prestigio que fueron Lovecraft o Carlos Fuentes”.

Fragmento del cuento “Una tumba sin fondo”: “Mi padre tuvo la desgracia de morirse cuando yo tenía diecinueve años. Siempre había gozado de una salud perfecta, por lo que su fallecimiento, que le sobrevino de repente en la mesa durante la cena, le sorprendió a él más que a nadie.

“Su muerte súbita, por lo tanto, fue muy decepcionante para él, pero mi madre, cuya piedad y resignación a la voluntad del Cielo eran bien conocidas, pareció menos afectada. Una vez finalizada la cena, y después de que el cadáver de mi pobre padre fuera retirado del suelo, nos pidió que nos reuniéramos con ella en la habitación de al lado y se dirigió a nosotros como sigue:

…”Hijos míos, el extraño suceso del que acabáis de ser testigos es una de las peores cosas que le puede ocurrir a un buen hombre a lo largo de su existencia. Es, os lo aseguro, uno de los que menos me agradan. Os ruego que creáis que no he tenido nada que ver con él. Pero también es cierto”, añadió después de unos segundos con los ojos semicerrados en señal de profunda meditación, “que es mejor que haya muerto”.

CON LETRA GRANDE

Por Roberto Rondero / TV&SHOW

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