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DÍAS DE IRA

Cualquier parecido con el México real no es coincidencia en “Días de ira” (Editorial Océano, 247 páginas), primera novela del periodista Martín Moreno, un relato intenso y sin cortapisas en el que describe las medidas que puede tomar un gobierno cuando desea enfrentarse abiertamente a su ciudadanía, así como los alcances de la represión institucionalizada y de la ceguera ante las necesidades de un país.

Todo inicia con una imagen que tiene mucho de surrealista pero nada alejada de lo posible: en la plaza mayor de la capital: un mensaje para el presidente de la República. El mensaje cuelga del astabandera. El mensaje es un cadáver.

…”El reportero Primitivo Arcángel se levantó de la cama bajo una madrugada diáfana y, arrastrando los pies, como si calzara aletas de buceo, llegó a la cocina para abrir el refrigerador y tomar un botellín de agua. Reseca la boca, la bebió y sintió que el líquido apagaba una sed urgente y permanente. Un eructo seco se escuchó, rompiendo el silencio monacal del apartamento. “Dejar el trago de golpe causa insomnio”, recordó la advertencia del viejo Pablito, eterna guardia nocturna de El Tiempo. Vaya que tenía razón. Dio media vuelta con la intención de regresar a la recámara tras la huella del sonámbulo, como si se deslizara sobre una barra magnética. Volteó apenas hacia la ventana cubierta por una cortina blanca y vaporosa  con barras verticales transparentes que permitían traslucir algunas sombras, danzantes del exterior cuando, de pronto, algo lo hizo detenerse.

“Por un momento se quedó inmóvil, a medio camino rumbo al lecho. Tomó un poco más del botellín, parpadeó varias veces y, como si tuviera temor de pisar una mina, avanzó lento y precavido hasta casi pegar la nariz en la cortina que vestía el ventanal. Se mantuvo inerte.

Frotó los ojos en círculos. Tres veces. Los abrió como platos, como si  de esta manera pudiera observar mejor lo que creía estar viene a la distancia, sin estar muy seguro todavía de lo que allá aparecía, a unos doscientos metros, justo al centro de la plza.

“Allí, en el centro de la Plaza, colgando del asta metálica y erguida que exhibía la bandera nacional reposando cabizbaja por la falta de viento; justo ahí, suspendido a unos dos metros del suelo –calculó Primitivo-. Con una fajilla ancha de cuero rodeándole el cuello y ceñida en círculo a la parte baja de la propia asta, y la hebilla ajustada en el último de los orificios para apretar al máximo, colgaba el cuerpo de alguien, bulto humano, solitario entre la bruma nocturnal, le rostro irreconocible a la distancia, amorfo, difuminado, pendido del asta por el cogote, abañado por la luz fragmentada y rutilante de los reflectores que alumbraban la gran plaza a partir de la siete de la noche, de domingo a domingo, como si se tratara de un juego nocturno de futbol”…

Por Roberto Rondero / Rondero’s Medios

 

 

 

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