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LA INVASIÓN DE LAS RATAS

Ni como decir que no es cierto, que la vida puede ser escalofriante en ciertos lugares del Distrito Federal, de ello da cuenta Gustavo Fondevila, especializado en temas de criminología y seguridad, en su primera novela “La invasión de las ratas” (Ediciones B, 241 páginas), un retrato crudo, pero ‘hiperrealista’ de la enorme desigualdad social de una urbe que bien podría ser cualquiera del mundo.

Como un retrato “políticamente incorrecto”,” La invasión de las ratas” no admite medias tintas en la pluma de Gustavo Fondevila y a quienes deambulamos a todas horas y por gran parte de la enorme Ciudad de México nos percatamos de sus descripciones, de sus olores y, por desgracia, de sus sinsabores.

DE ESCALOFRÍO

De día, Fernando es un exitoso y adinerado ejecutivo que trabaja en uno de los barrios más elitistas del Distrito Federal. De noche, sale a cazar la plaga que no soporta, que le da asco, que odia profundamente, y que le da razones para saciar su placer: matar pobres.

…”Las tiendas y los puestos de comida emanan un olor a carne asada y a hervores grasoso, mezclados con orines. Siempre hay un olor penetrante que impregna la estación y la terminal de peseros. Por todas partes se huele el vapor de pozoles, el chirriante sonido de las fritangas y los tacos. Se come allí mismo parado al lado de la sartén. Para nos salpicarse, separan el cuerpo de la mano que sostiene el taco encuentro en sí mismo y apretado hacia un costado de la boca.

“Sobre platos de plástico de colores que nadie lava y sobre una hoja de papel en blanco demasiado vasta para ser una servilla. Todavía no es la hora en la que cierran, cuando las mujeres de delantales de rayas de colores abrochados a la espalda tiran las aguas turbias de los baldes en el borde de la banqueta y se forma un vapor horrendo que sube a las narices de inmediato y contamina todo. Los hombres barren las banquetas negras de grasa y restos de comida y basura hacia la calle donde los peseros las aplastan formando capas de comida hedionda y maloliente. Es el momento en que las aguas que corren por el bordillo de la acera se vuelven verdes o negras y tan densas que apenas se mueven. Algunos va n a las alcantarillar para volcar sus baldes. El resto no se molesta y lo tira en el mismo lugar. Con agua repasan las mesas donde han trabajado durante todo el día”.

Sin moralismos ni medias tintas, Fondevila provoca que en su primera novela se sientan “sus olores y ruidos, que las ratas están entrando en los cuartos vecinos: “Ahora ve con claridad a un hombre que se mete dentro del contenedor más cercano. Da la vuelta con la camioneta y baja por una pequeña rampa. Es un espacio amplio lleno de contenedores de basura. Dos están colocados al borde la ruta misma para las personas que llevan las bolsas de basura en sus maleteros y se estacionan brevemente para dejarla o bien, aquellos que la llevan encima del cofre y la tiran con fuerza por encima del auto para que caiga cerca del contenedor sin necesidad de detenerse.

“Pero bajando por la rampa hay una hilera, hay una hilera de cinco contenedores a la derecha y la misma cantidad a la izquierda. Es el basurero del pueblo. Antonio detiene la camioneta y apaga el motor. Está estacionado en el centro de las dos hileras. Un grupo de indigentes sentados con las espaldas apoyadas en uno de los contenedores lo mira por unos minutos. Antonio no se mueve y no se puede ver el interior de la camioneta.

“Enseguida siguen comiendo los desperdicios que encontraron. La luna ilumina todo el lugar y le da un aspecto fantasmagórico. Los espectros se mueven entre las sombras, las ratas y los perros. Un horrible aquelarre bajo la luna. Un ejército de menesterosos viviendo en un mar de basura…”

Por Roberto Rondero / Rondero’s Medios

 

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