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Los 100

“Sobrevivirás a lo desconocido”, reza el eslogan de “Los 100” (Kass  Morgan, Editorial Alfaguara, 306 páginas), la historia original en la que se basó la serie de televisión estadunidense, entre la ciencia ficción y el drama que ya tiene su segunda temporada.

Precedida de críticas positivas desde su aparición (“…Oscura y fascinante…Una mezcla entre “El señor de las moscas” y “Los juegos del hambre”: ‘Booklist’), esta novela, cuyo futuro no se ve nada disparatado, narra la peligrosa misión de cien jóvenes delincuentes que han sido seleccionados para recolonizar la Tierra.

Las edades de las y los jóvenes son diversas, de procedencias distintas, algunos son de peligro y otros no, pero tras un brutal aterrizaje, los cien llegan a un maravilloso y salvaje planeta que sòlo han contemplado desde el espacio.

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Basada en la serie del mismo nombre, el centenar de los catalogados como delincuentes juveniles son enviados de vuelta a la Tierra para ver si el planeta puede ser habitado de nuevo, después de que fuera destruido por una guerra nuclear y sólo 400 personas lograron salvarse en doce naves que fueron enviadas al espacio.

Mientras se enfrentan a los peligros de este mundo desconocido, los cien tratarán de formar una comunidad, pero si quieren sobrevivir, tendrán que aprender a confiar los unos en los otros e, incluso, deberán darle al amor una segunda oportunidad, otra vez.

La novela de Morgan tiene personajes centrales, donde “esta vez, ellos eligen las reglas…100 jóvenes, 100 pasados y un solo futuro”: Clarke Griffin, cómplice de traición y enviada a la Tierra, Glass Sorenson, cuyo delito es incumplimiento de las leyes de reproducción; Wells Jah, atentado contra el patrimonio, Octavia Blake, por robo de alimentos y Bellamy Blake por atentado contra la autoridad.

El centenar de condenados vivirán lo que podría ser su muerte segura, o bien, un escape que se antoja suicida…”30 minutos después, Bellamy trataba de entender la extraña escena que se desplegaba ante él. Se había apoyado de espaldas en la pared del pasaje que conducía a una rampa muy empinada. Montones de presos enfundados en chamarras grises se dirigían a la pendiente, escoltados por un puñado de guardias. Al fondo, la cápsula de transporte esperaba, un aparato circular equipado con filas y más filas de asientos de seguridad que llevaría a aquellos pobres infelices a la Tierra.

“Todo aquello era espantoso, pero preferible a la otra opción, supuso Bellamy. Aunque en teoría te concedían una segunda oportunidad al cumplir los 18 años, casi todos los menores juzgados a lo largo del último año habían sido declarados culpables. De no ser por aquella misión, estarían contando los días para su ejecución”…

Por Roberto Rondero / Rondero’s Medios

 

 

 

 

 

 

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