Con Letra Grande

SABOR A CHOCOLATE

A través del chocolate, el mismo que endulza la vida y llega, en muchas personas, a ser adictivo, se relata no una, sino varias existencias en “Sabor a Chocolate” (Editorial DeBolsillo, 100 páginas), escrito por el malagueño Juan Carlos Carmona, de 52 años, quien se hizo acreedor al XIII Premio Universidad de Sevilla.

Pero el chocolate no es el único causante de este relato en breve, telegrafiado, rico en matices y detalles, sino también el ajedrez juega sus partidas a la par que las notas del violín marca vidas y destinos en “una sinfonía incompleta de amor y de sueños, una novela que tiene el sello de la intensidad.

BATE QUE BATE

…”Todo jugar es un ser jugado. El misterio divino de la vida es su sencillez”, frase de Hans-Georg Gadamier (“Verdad y Método, 1960), que aplica como anillo al dedo a “Sabor a Chocolate”, relato que inicia hace más de 60 años cuando Adrian Troadec vio a una chica salir de una clase de música y dos guerra mundiales después, aún funciona la fábrica de chocolate que abrió para conquistarla.

Cada uno de nosotros llega a sufrir los vaivenes del destino, el mismo que uno ingenuamente cree controlar.

…”Adrian Troadec llevó a Eleanor a ver la pequeña fábrica de chocolate donde habría de trabajar. La sonrisa del tío Adrian se iluminó por primera vez debajo de sus bigotes mostrándole la pequeña fábrica de chocolate.

Adrian Troadec era viudo sin hijos.

Eleanor supo que aquella fábrica sería suya.

Con el poder que da saberse dueña de todo lo que había frente a sus ojos, metió el dedo en el chocolate y lo probó. Le resultó ácido y amargo.

-¡Que le añadan más azúcar!- sentenció Eleanor.

Adrian Troadec sólo guardó silencio. En ese momento comprendió que acababa de comenzar su jubilación. Mirando a Eleanor, contemplando su fuerza y determinación, le embargó la nostalgia y le inundó el recuerdo vivo de su mujer, Alma.

“Alma Trapolyi tocaba el violonchelo en la pequeña orquesta de la escuela intermedia. Era 1922, los fascistas marchaban hacia Roma. Alma Trapolyi tenía 16 años. Adrian Troadec observó que destacaba entre todas.

Para él destacaba entre todas.

Pero tardó años en llegar a conocerla. Desde entonces acudió a todos los conciertos de la escuela intermedia y más tarde, cuando ella concluyó sus estudios, la estuvo buscando en las otras pequeñas orquestas de la ciudad hasta que la encontró en la orquesta del Conservatorio. Adrián Troadec, entonces, era sólo un jovenzuelo alto y desgarbado que vendía leche puerta a puerta y que olía siempre a vaca”…

Por Roberto Rondero /Rondero’s Medios

                           

 

 

 

 

 

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