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KATY PERRY, LA PRINCESA DEL POP

A sus 31 años, la originaria de Santa Bárbara, en California, de 1.74 metros de estatura, 56 kilogramos y medidas 81-66-84 es, por méritos propios “La princesa del Pop”, título que sus millones de seguidores por redes sociales, en la que es toda una experta, le ha conservado su cetro: es Kathy Perry, la mundialmente famosa cantante, con un divorcio de por medio hace tres años.

“Kathy Perry, La princesa del pop” (B de Block, 72 páginas, traducción de Francesc Reyes Camps), es la edición 100% no oficial  de quien ha marcado la pauta en la música juvenil, la moda, el empleo eficaz e intenso de plataformas digitales y la primera artista de todos los tiempos en haber pasado 52 semanas consecutivas en la lista Top de los Billboard Hot 100.

PÚBLICO AMPLIO

Uno de sellos de Perry es que el espectro de su público es tan amplio como variado: niños, parejas y personas de más de 40 años. Sus canciones parecen dirigirse a fans de cualquier edad, e incluso a los más pequeños, aunque no pudieran apreciar los matices líricos, podían incorporarse a cantar, con toda la alegría.

Katheryn Elizabeth Hudson  se cambió el nombre por la similitud con la estrella rubia del mundo del cine, Kate Hudson. Perry era el apellido de soltera de su madre.

Kathy primeramente se labró una carrera en la música religioso e incluso había grabado un álbum en 2001, antes de dedicarse al pop. Sus padres, Keith y Mary, estaban metidos en el ministerio religioso evangélico. Allí fue donde empezó en realidad la educación musical de la artista: aprendió  a cantar en la iglesia de sus padres y siguió haciéndolo hasta cumplir los 16 años.

“No tuve infancia”, ha confesado Perry, antes de precisar que su madre nunca le había leído ningún libro que no fuera la Biblia, que no se le permitiría romper platos que se llamaran “a la diabla”, ni referirse a la aspiradora como la Dirt Devil, tal como hacían los niños de su edad.

“Ella cumplía con sus deberes, entre los cuales figuraba ir a la iglesia el domingo por la mañana, el domingo por la tarde y el miércoles por la noche. Su padre, Ketih, tampoco era un pastor corriente, con ese pendiente o esas cruces de brillantes, ni con esos pantalones de cuero. De su madre, de ascendencia portuguesa, se decía que había salido con la leyenda de la guitarra Jimi Hendrix cuando este se hallaba en la cumbre de su fama, a finales de los sesenta. No era de extrañar, por tanto, que pronto surgiera el conflicto “chica mala/ chica buena” en la mente de la hija de dos pastores.

En esta biografía se incluyen fotografías exclusivas en la vida familiar y artística de Perry, así como una recopilación de sus frases más mediáticas, tales como: “A los 18 años me tatué el nombre de Jesús en la muñeca porque sé que siempre será parte de mí. Cuando estoy actuando, me devuelve la mirada, como diciéndome: ‘Recuerda de dónde vienes”; “Soy muy buen coqueteando. Puedo invitar a alguien a una copa, y luego sorprenderlo con la guardia baja, incluso antes de que pueda abrir la boca. Me gusta tomar un poco la delantera y luego comprobar si es capaz de bajarme los humos; “Me gusta besar a los chicos, pero tengo claro que si Angelina Jolie o Gisele Búndchen llamaran a mi puerta… ¿quién no iba a querer besarlas?”.

Por Roberto Rondero / Rondero’s Medios

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