La Noche Triste, a 500 años de historia, venganza y tragedia de la Conquista

Hace 500 años, la noche del 30 de junio de 1520, los conquistadores españoles al mando de Hernán Cortés huyeron de la ciudad de Tenochtitlán, capital del imperio azteca en la denominada NOCHE TRISTE.

De los numerosos textos sobre el acontecimiento, plasmados muchos de ellos en la historia oficial, tanto la de los vencidos como de los vencedores, destaca EL SECRETO DE LA NOCHE TRISTE, escrito por Héctor de Mauleón para el sello Joaquín Mortiz.

La llamada Noche Triste fue, antes que nada, un escenario trágico y sangriento. Bernal Díaz del Castillo, autor de la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, soldado presente en aquel episodio, calculó que fueron como 600 sus compañeros muertos.

La Noche Triste no fue triste sólo para los españoles, también lo fue para sus aliados tlaxcaltecas, que sufrieron miles de muertos. Para los enemigos aztecas (o mexicas) tampoco fue una noche para la celebración, sino una noche de venganza, en la que ajustaron una larga lista de cuentas con los invasores. Se podría decir que se las devolvieron todas juntas: la entrada sin permiso, el secuestro de Moctezuma, las recientes matanzas, las afrentas a los dioses, el robo del oro, entre otras.

Los españoles habían entrado en la capital del imperio el 8 de noviembre de 1519, es decir, que se disponían a pasar su primer verano en Tenochtitlán. Pero la situación se complicó. En ausencia de Hernán Cortés, que fue a combatir la expedición de su compatriota y sin embargo perseguidor Pánfilo de Narváez, el capitán Pedro de Alvarado quedó con mando en plaza en la capital azteca. Este adelantado decidió lanzar un ataque preventivo a los ocupados para evitar sublevaciones. En este caso, a la vista de los resultados, no valió más prevenir que curar. El ataque de Alvarado se conoce como la matanza del Templo Mayor.

El relato de Díaz del Castillo, capítulo 126, lo describe así: “Y viendo todo esto, acordó Cortés que el gran Montezuma les hablase desde una azotea y les dijese que cesasen las guerras, y que nos queríamos ir de su ciudad. Y cuando al gran Montezuma se lo fueron a decir de parte de Cortés, dicen que dijo con gran dolor: “¿Qué quiere ya de mí Malinche? Que yo no deseo vivir ni oírle, pues en tal estado por su causa mi ventura me ha traído”. Y no quiso venir, y aun dicen que dijo que ya no le quería ver ni oír a él ni a sus falsas palabras ni promesas y mentiras. Y fue el padre de la Merced y Cristóbal de Olí y le hablaron con mucho acato y palabras muy amorosas. Y dijo el Montezuma: “Yo tengo creído que no aprovecharé cosa ninguna para que cese la guerra, porque ya tienen alzado otro señor y se han propuesto no dejaros salir de aquí con vida, y, así, creo que todos vosotros habéis de morir”.

“Y Cortés lloró por él, y todos nuestros capitanes y soldados”… El caso es que Moctezuma se asomó al balcón y pidió calma a los mexicas. Muchos principales y capitanes le obedecieron y ordenaron a sus subordinados que se callaran y que dejaran de tirar varas, piedras y flechas. Al mismo tiempo le informaban de que ya habían elegido a un pariente suyo, Cuitlahuac, por gobernante, y expresaban sus mejores deseos para el líder secuestrado y sus peores para los españoles. Sin embargo, la lluvia de varas y piedras no cesó, hasta el punto que tres pedradas alcanzaron a Moctezuma –una en la cabeza, otra en un brazo y otra en una pierna-, causándole heridas por las que murió tres días después. Al menos, esto es lo que cuenta Bernal Díaz del Castillo; existen otras versiones sobre la muerte de Moctezuma, algunas de las cuales afirman que murió a manos de los españoles. Si creemos a Bernal: “Y Cortés lloró por él, y todos nuestros capitanes y soldados, y algunos (…) tanto como si fuera nuestro padre (…) tan bueno era”.

La muerte de Moctezuma dejó a los españoles en una situación insostenible, cercados por miles de guerreros mexicas sedientos de venganza, y sin apenas víveres en el palacio Axayácatl. Para mayor adversidad, los nativos habían desmontado los puentes de acceso a la isla. “Veíamos nuestras muertes a los ojos, y las puentes que estaban alzadas», dice Bernal. La huida era improrrogable y la organizó Cortés. Éste ordenó cargar todo el oro que fuera posible, separando el quinto del Rey -una quinta parte del tesoro que debía entregarse a Carlos I de España y V de Alemania- y encomendó el transporte de esta parte a los oficiales del monarca Alonso de Ávila y Gonzalo Mejía. Para lo restante del botín, que en total superaba los 700.000 pesos de oro, Cortés dispuso: “Los soldados que quisiesen sacar de ello, desde aquí se lo doy, como ha de quedar perdido entre estos perros». Muchos soldados se lastraron de oro hasta las cejas. Otros, como Bernal, fueron más prudentes: “Yo digo que no tuve codicia, sino procurar de salvar la vida, mas no dejé de apañar de unas cazuelas que allí estaban unos cuatro calchuis, que son piedras entre los indios muy preciadas…”

“En total huyeron entre mil y dos mil españoles. “La expedición se organizó del siguiente modo: a la vanguardia iban Gonzalo de Sandoval, Diego de Ordás, Francisco de Acevedo, Francisco de Lugo, Antonio de Quiñones y Andrés de Tapia, con cien soldados, mancebos sueltos, veinte jinetes y 400 tlaxcaltecas; en medio, con el tesoro, iban Cortés, Alonso de Ávila, Cristóbal de Olid, junto con la artillería, Malintzin –la querida de Cortés- y otras mujeres indígenas, los prisioneros mexicas y el grueso de las fuerzas españolas y aliadas; y en la retaguardia marchaban Pedro de Alvarado, Juan Velázquez de León, la caballería y la mayor parte de los soldados arrebatados a Pánfilo de Narváez. En total, entre mil y dos mil españoles junto a más de 10.000 tlaxcaltecas” .

“En la Noche Triste -continúa Bernal- llovía y la sangre se mezclaba con el agua”.

Cortés y los hombres que alcanzaron la otra orilla, tuvieron que abrirse paso a cuchilladas y estocadas ante el gran número de enemigos que aguardaban al otro lado del puente, armados con largas lanzas. “¡Oh cuilones (homosexuales), y aún vivos quedáis!”, les gritaban. “No podíamos hacer cosa ninguna, pues escopetas y ballestas, todas quedaban en la puente, y siendo de noche, ¿qué podíamos hacer sino lo que hacíamos? ¿Que era arremeter y dar algunas cuchilladas a los que nos venían a echar mano, y andar y pasar adelante hasta salir de las calzadas?”, se pregunta Bernal.

En un momento dado, algunos capitanes sugirieron a Cortés, herido en una mano, retornar para amparar a los rezagados, y él contestó que los que habían salido era de milagro. No obstante, intentaron el regreso por la calzada, pero enseguida toparon con Pedro de Alvarado, herido, uno de los últimos en escapar del infierno azteca. En la laguna quedaron sepultados cientos de españoles y txalcaltecas, junto con decenas de caballos y yeguas y el noventa por ciento del tesoro de Axayácatl. Al oír el relato de Alvarado, Hernán Cortés no pudo contener las lágrimas.

En 500 años la visión de los vencidos y vencedores de La Noche Triste ha aguardado la visión de la historia, mas no de sus consecuencias en la Conquista. ¿Heridas abiertas o cicatrizadas?

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Cápsulas de “La visión de los vencidos, 500 años después”, con León Portilla

La historia oficial es contada por quienes ganan y La visión de los vencidos ha servido para dar voz a la versión indígena sobre el encuentro entre dos mundos, el mexica y el español. En estas cápsulas que se estrenan este día y hasta el viernes 5 de julio por Canal 22, (lunes a viernes, 21:00 horas; 21:00 horas por 22.2) MIGUEL LEÓN PORTILLA es el guía, al igual que en su libro, a través de los códices que narran la Conquista de México.

En el marco del Homenaje Nacional al Dr. Miguel León PortillaCanal 22 transmite La visión de los vencidos, 500 años después, serie basada en el libro Visión de los vencidos. Relaciones indígenas de la Conquista del mismo autor.

LA TRAMA:

Esta serie documental realizada por Adolfo García y conducida por el propio Dr. Miguel León Portilla, aborda, por un lado, las crónicas del libro La visión de los vencidos (1959), en las que el historiador mexicano sigue los códices mexicas que narran lo sucedido a la llegada de los españoles y la posterior caída de México-Tenochtitlán en manos de éstos. Así, se da voz a la versión indígena sobre ese encuentro entre dos mundos.

En cada uno de los 10 capítulos que conforman la producción se da lectura a los códices en su lengua originaria y los caracteres glíficos aparecen animados. Por otro lado, el programa tiene como propósito dar voz, tanto a los vencidos del siglo XVI, como a los pueblos indígenas que en la actualidad han quedado excluidos de la realidad política y social. En cada entrega, se suma el testimonio de la situación actual en que viven los pueblos, que a 500 años de distancia de la Conquista siguen luchando por subsistir y conservar su diferencia cultural.

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“CANTOS ERÓTICOS DE LOS MEXICAS”

Un libro CON LETRA GRANDE de colección que explora la sexualidad en el mundo náhuatl prehispánico, que tenía en sí una importancia vital. Múltiples son las fuentes que revelan el erotismo sutil o exacerbado de los antiguos nahuas, sin embargo, fue el “canto-baile” cuicatl el que constituyó el medio expresivo por excelencia del erotismo náhuatl prehispánico.

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AHUILCUICATL, CANTOS ERÓTICOS DE LOS MEXICAS (Patrick Johansson K., Instituto Politécnico Nacional, 424 páginas), está conformado por 13 capítulos, desde El erotismo en la cultura náhuatl prehispánica, El erotismo y las flores, El erotismo y el canto, hasta El erotismo y la muerte, El sacrificio humano y Los cantos eróticos de los mexicas, entre otros.

Los cantos eróticos fueron recopilados por religiosos españoles, en el siglo XVI como parte de una estrategia de evangelización que buscaba conocer al otro indígena para facilitar su conversación. Todo parece indicar que los frailes, si bien se percataron de lo atrevido y lo pícaro de algunos cantos, no midieron su alcance erótico, razón por la cual estos fueron integrados a manuscritos más “edificantes” y a veces cándidamente interpolados para que sus aguas expresivas alimentaran el molino de la fe cristiana.

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El lector, en todo caso, podrá disfrutar del texto, en náhuatl o en español, en una primera lectura espontánea y subjetiva, desde su perspectiva propia. Después de cada canto, un breve análisis filológico de las estrofas que los componen permitirá percibir dilogías potenciales, sentidos ocultos y albures que propician una apreciación más entrañable del erotismo indígena prehispánico en una eventual segunda lectura.

FRAGMENTO:

Coyotl “el coyote”. El coyote es una advocación animal de Tezcatlipoca. La sensualidad que fue percibida en él por los indígenas nahuas lo hizo un exponente simbólico de la sexualidad masculina y más específicamente del canto-danza erótico. El “coyote de la penitencia” nezahualcoyotl, nombre propio del rey-poeta de Tezcoco remite probablemente a una abstinencia de índole sexual y no a un ayuno alimenticio. Uno de sus apodos: “Yoyontzin” expresa una sensualidad exacerbada.

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