Mary Poppins vuelve y apunta al Oscar

NUEVA YORK.- Mary Poppins vuelve con su valija de tela y el paraguas con el mango de papagayo, mientras un perfume de Oscar ya envuelve el esperado estreno que será en Estados Unidos el 19 de diciembre, a tiempo para Navidad.

 

Los pocos elegidos admitidos en el primer preestreno del film en Los Angeles dieron un veredicto unánime: “Prácticamente perfecto desde todo punto de vista”.

 

 

58.jpgLa secuela de la película, con Emily Blunt y Lin-Manuel Miranda en los personajes que interpretaron Julie Andrews y Dick Van Dyke en la legendaria primera parte de 1964 aspira también a competir en los Oscar 2019 con otros “blockbusters” como “Black Panther”, “A Star is Born” o “A Quiet Place”.

Se trata de una novedad, según The Hollywood Reporter, respecto de años recientes, cuando los jurados de la Academia apuntaron a películas independientes o de nicho.

Las previsiones de recaudación para “Mary Poppins vuelve” son de más de 65 millones de dólares en la primera semana, y solo en Estados Unidos.

Mientras tanto ya se habla de la deseada estatuilla de mejor actriz protagonista para Blunt, que vuelve a levantar el ánimo de la familia de Michael Banks, que era un niño en tiempos del primer film: en la ficción pasaron 20 años desde aquellas aventuras, que hicieron de Andrews una estrella.

Michael está de luto por la imprevista muerta de su esposa y sus tres hijos tienen extrema necesidad de ese “poco de azúcar” que solo la señorita llegada con viento del Este sabe cómo administrar.

e7607958b08def40d8433de6d91f7756_XL.jpgEl regreso de Mary Poppins contiene esa mezcla de elementos capaces de proyectar a un film hacia el éxito de taquilla y de crítica: además de Blunt y del creador del rap “Hamilton” Lin Miranda, que para la ocasión despliega un perfecto acento “british”, actúan Colin Firth, Ben Whishaw, Emily Mortimer, Julie Walters y Meryl Streep en el papel de Topsy, la prima anciana de Mary, mientras Van Dyke -de 92 años- tuvo una pequeña aparición como un banquero que baila tap.

Entre Emily, de 35 años, y Meryl, de 69, hay un fuerte “feeling” cinematográfico: actuaron juntas en 2006 en “El diablo viste de Prada” y luego en “Into the Woods”. Nació así una amistad hecha de respeto recíproco.

El realizador Rob Marshall ofrece asimismo valor agregado, por haber ganado el Oscar a la mejor película en 2002 con “Chicago” y haber dirigido musicales como “Nine” y “Into the Woods”. “El mundo de hoy es un lugar frágil y hace falta un poco de magia. Lo siento personalmente y sé que todo el elenco piensa como yo”, dijo el realizador, explicando el preestreno sus motivos para aceptar la dirección de la película.
    

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El infierno de Whitney Houston en Cannes

CANNES, 18 MAY – El documental “Whitney”, de Kevin MacDonald, testimonio de la difícil vida de la cantante Whitney Houston, que incluyó además del éxito abusos de sus propios familiares y un recurrente problema de adicciones, sacudió con su estreno en el Festival de Cannes.

Un testimonio crudo, fuera de competencia, sobre la estrella estadounidense fallecida trágicamente el 11 de febrero de 2012 en el Hotel Beverly Hilton de Los Angeles por un infarto tras una sobredosis de cocaína.

Una historia de ascenso y caída, vista y vuelta a ver muchas veces, de autodestrucción y pérdida de la realidad, con las drogas como común denominador devastador, al igual que Jim Morrison, Amy Winehouse y su gran amigo Michael Jackson, así como tantas otras megaestrellas del espectáculo.

En cerca de dos horas, el valioso documental del director de “El último rey de Escocia”, despierta una empatía distinta, una piedad y una rabia que estrujan el estómago. Comienza como una biografía ordenada desde el principio, excavando en sus orígenes, en la familia de la artista, escuchando a parientes cercanos y lejanos, al entorno de Houston.

En una era en la que todo es público, la profusión de imágenes genera de todos modos algo de pornográfico, una atracción y un rechazo al mismo tiempo, bien manejado por el director.

En otro punto alto se cuenta, tal vez como nunca antes, lo que Houston representó para el público afroamericano y su relación con ellos. Con íconos como el himno estadounidense cantado en el Superbowl de 1991 con énfasis en la palabra “freedom” (libertad) y el recordado beso interracial de la romántica escena final de “El guardaespaldas” (1992) con Kevin Costner.

La otra gran protagonista del relato es Cissy, la madre de la estrella, cantante ella también junto a Aretha Franklin, religiosa ferviente, directora del coro de la iglesia de Newark donde Whitney debutó como solista a los 13 años y donde una multitud la despidió tras su trágica muerte a los 48 años, cuando muchos creían conjurados los demonios que castigaron su vida.

Cissy, nacida en 1933, se muestra como una madre doliente en su testimonio ante las cámaras: “Soy una combatiente, sabes?”, dice, como el rostro de una derrota vital con un final para su hija que no pudo impedir pese al amor.

Se cuenta también sobre John, el padre de Whitney, repudiado por haberse divorciado de Cissy y haber roto la imagen de familia feliz que marcó los primeros años de la niña.
    La reina del pop, que hizo bailar a los años 80 como muy pocas otras, la que todavía ostenta récords de ventas a más de treinta años de distancia, la que creció en el guetto negro de Newark en una “familia-comunidad” junto con otras cuatro o cinco familias de parientes ligadas de manera íntima.

Hasta el punto de haber sufrido molestias sexuales por parte de su prima Dee Dee Warwick, hermana de Dionne Warwick, como se cuenta de manera explícita por primera vez.

Se ve el encuentro con Clive Davis, el contrato con el sello Arista a los 19 años de edad que la llevará a la cima del mundo, la relación lésbica con Robyn Crawford, su fama bisexual con los romances en paralelo con Eddy Murphy y Robert De Niro, la marihuana y cocaína que comenzó a usar al estar llena de dinero.

Whitney, que en casa vuelve a ser “Nippy”, mirando la tele en el sofá, la que se enamora de Bobby Brown porque la hacía reír y divertir y piensa que su vida será una fábula, feliz y con muchos niños. Tendrá una hija, Bobby Kristina, a la que su abuela Crissy recuerda llorando en el documental en una infancia llena de cariño pero sin reglas.

Las imágenes de Kristina rompen el corazón: el final es conocido, otra muerte por excesos casi calcada de la de su madre apenas tres años después en 2015.

También está, claro, la música: la apoteosis de los años 80 y los primeros 90, ser la reina del pop, abrazar a Nelson Mandela y cantar en Sudáfrica, estadios repletos en todo el mundo y hasta Saddam Hussein que usó uno de sus hits en versión árabe para su campaña electoral.

Y por desgracia también sus exhibiciones, con aquella voz única que se volvía irreconocible, mientras que su cuerpo, antes maravilloso, mostraba el efecto devastador de la dependencia de las drogas.

Sus tormentos, la espiral negativa, todo fuera de control, Whitney convertida en una zombie, estrellada contra el éxito y con los demonios que siempre volvieron a retornar en una vida que pudo haber sido dorada y no lo fue.

Por último la caída en el infierno con imágenes brutales, el retorno después de las rehabilitaciones y la escena final, el sentido funeral en Newark, donde pudo finalmente descansar y volver a ser simplemente “Nippy”.

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