“…Papacito, le prometo que me sabré guardar”, le suelta María a su padre (Tata) entre un mar de lágrimas despidiéndose de sus hermanitos, ante de emprender el camino a la gran ciudad. En el arranque de Simplemente María (canal 2, lunes a viernes, 16:15 horas), la culpa no la tiene el indio, sino quien lo hace compadre, en este caso el productor Ignacio Sada, a quien desde ahora la Secretaría de Turismo debería otorgarle las campañas oficiales del agro mexicano, y es que no cualquiera muestra las “bondades” de vivir en nuestro campo: verde por todos lados, agua potable, casita para los hermanitos y María, y casita con baño propio para el Tata, animalitos para la crianza y comida para desayunar, comer y cenar. Ah, y con una seguridad a prueba de narcos, secuestradores, asesinos y ¡sin cárteles! Sólo deambula un acosador sexual al que se le queman las habas por María, el primer protagónico de Claudia Álvarez, a quien le enseñaron en un curso por correspondencia cómo amasar, hablar como indígena (quién sabe de qué región o etnia), pero eso sí no perder por ningún motivo la sonrisa y menos despeinarse las trenzas ni que se le corra el maquillaje. Este cuento de amor aspiracional en la telera nuestra de cada día, en su tercera edición, a 48 años de la primera versión con Saby Kamalich y a 26 años con Victoria Ruffo, nos hace comprender por qué las telenovelas mexicanas viven su peor agonía.
Ver para creer. Telévoros: ¡uníos!
Por Roberto Rondero / Rondero’s Medios



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