Cine

«Coming to America» reafirma que las secuelas nunca fueron buenas

HOLLYWOOD.- Cuando una película tiene éxito no suele tardar en salir una secuela, o al menos en hablarse de ella. Al fin y al cabo, si se va a aprovechar la popularidad de una historia, debe hacerse mientras está fresca en la mente del público, es cuando hay más probabilidades de que sigan dispuestos a gastar dinero en él.

Por ello, COMING TO AMERICA tendría una secuela después de más 30 años. Aunque la comedia sobre un príncipe africano que acaba en la ciudad de Nueva York tuvo mucho éxito en su momento, ¿el público de hoy seguiría respondiendo a ella? Es posible.

El objetivo es más bien atraer a los espectadores que conocen y aman la película en el mejor de los casos, los que incluso la hayan visto en el cine en su momento. No sólo eso, la película está salpicada de apariciones de invitados del antiguo grupo. Entre otros, hay un reencuentro con la emblemática barbería, también vuelve McDowells, un local de comida rápida modelado descaradamente a partir de McDonalds.

Por otro lado, un importante interludio musical al principio de la película sólo está para hacer llorar a algunos en casa frente a sus pantallas llevados por la nostalgia.

Estrenada en Amazon Prime Video, COMING TO AMERICA rememora sin pudor el desfile de estrellas de los años 80 y 90.

Tras la muerte de su padre (James Earl Jones), el príncipe Akeem Joffer (Eddie Murphy) es declarado rey del estado de Zamunda. Sin embargo, no hay señales de alegría, después de todo, también ha heredado varios de sus problemas; uno de ellos, la sucesión al trono. Akeem y su esposa Lisa (Shari Headley) tienen tres hijos, pero ni Meeka (KiKi Layne) ni las dos hijas menores pueden optar al trono que está reservado a los descendientes varones.

Así, el general Izzi (Wesley Snipes), líder del país vecino de Nextdoria, entra en escena amenazando con anexionar Zamunda.

Pero entonces Akeem se entera de que podría tener un hijo, engendrado sin saberlo durante su viaje a Estados Unidos: Lavelle Junson (Jermaine Fowler).

El príncipe ilegítimo es hasta ahora igualmente inconsciente de su buena fortuna y también lo está pasando un poco mal con las expectativas puestas en él.

Mientras, hay que reconocer que en algún momento la película se aleja de la retrospección soñadora y quiere contar algo propio. Al menos en parte.

Así, el foco de atención se aleja gradualmente de Akeem y se dirige hacia su hijo, hasta ahora desconocido, que es el nuevo príncipe, hay que reconocer que tiene un camino inverso al de su padre. Mientras que este último, como hombre rico, quiso de repente vivir una vida de pobreza y trabajo, Lavelle convierte a un don nadie en príncipe. Pero tienen en común los problemas en el amor.

Por desgracia, el resultado no es realmente convincente. Esto se debe en menor medida al nuevo protagonista Jermaine Fowler (Sorry to Bother You), quien llena su papel de energía y encanto.

Más bien, hay una vez más problemas con el guion, frente a los cuales el conjunto sólo puede actuar parcialmente. Así que, al igual que con el predecesor, se echan en falta chistes realmente buenos, aunque de vez en cuando se pueden encontrar razones para sonreír. Esto se puede atribuir más a los actores y actrices que allí vemos y que conocemos, por ejemplo, las desinhibidas interpretaciones de Leslie Jones y Wesley Snipes, los propios gags suelen ser muy inofensivos. 

La comedia dirigida por Craig Brewer, deambula sin un objetivo real. Así, la película toca numerosos temas, desde el racismo hasta el amor, pasando por el papel de la mujer, sin perseguir ninguno de forma más consistente. Lo más importante es que hay demasiados personajes, lo que hace que todos se interpongan en el camino de los demás.

Mientras que Coming to America seguía viviendo del dúo Murphy y Arsenio Hall, la secuela hace malabares con numerosos personajes. No se aprende mucho sobre las hijas, aunque son un tema importante. El interés amoroso de Lavelle, Mirembe (Nomzamo Mbatha), está simplemente ahí. Ni siquiera hay tiempo para el desarrollo de una verdadera relación entre Akeem y su hijo.

Al final, hay un montón de cursilerías, pero eso no puede ocultar el hecho de que la película tiene un contenido sorprendentemente escaso. En general, se puede ver. Pero no habría necesitado la secuela, ciertamente.

El final y las consecuencias para muchos personajes y su desarrollo previamente mostrado, son insatisfactorios con respecto al antagonista de la obra, incluso lamentable, si no vergonzoso; uno recuerda cómo se dibujó el personaje en la primera mitad y qué alusiones se hicieron en relación con él. Al igual que en la primera parte, las decisiones de los protagonistas se ven recompensadas de forma cuestionable y, en ciertos momentos, uno empieza a preguntarse si los creadores de esta obra querían hacer algún tipo de declaración.

Gran parte de lo que el filme hizo bien en la primera mitad, lo hace mal en la segunda, lo que tiene un efecto muy negativo en cómo se siente uno cuando pasan los créditos.

Así que una obra con mucho potencial se convirtió en una comedia que se puede ver, pero que ciertamente no tiene que ser. Para los fans de la predecesora quizá sea una película que merezca la pena ver, para los que sólo tengan curiosidad es más bien un paréntesis para una acogedora noche de sábado.

Esta secuela comete el mismo error que tantas películas similares anteriores, comienza con fuerza y bombardea al espectador con un aluvión de apariciones de invitados, gags, réplicas e ideas interesantes, sólo para no acertar con la mezcla de trama y humor en la segunda mitad.

La historia, escasa y demasiado predecible, no compensa en ningún nivel la comedia, cada vez más reducida, y el final es insatisfactorio en demasiados aspectos.

Ciertamente no es una mala película, pero tampoco es una obra que se pueda recomendar sin reservas.

CON INFORMACIÓN DE ANSA

TV&SHOW/ Rondero’s Medios

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